Decirle a los niños que no imaginen, que no crean en cuentos de hadas, ni mucho menos en leyendas y cuentos en general es algo que va a afectar a las generaciones venideras. Porque desde que son pequeños, en lugar de enseñarles y que ellos disfruten su vida hasta que ya sean grandes y enfrenten las dificultades comunes que pasamos los adultos, se está acelerando innecesariamente el proceso.
¿Por qué lo hacen?, supuestamente porque de esa
manera el mundo va a mejorar y habrá una mayor aceptación entre los humanos. ¿Pero
qué sucede cuando la inclusión es forzada?, ¿los pensamientos son únicos y no
hay variabilidad de opiniones y todo se considera como un supuesto ataque?
Estoy escribiendo esto porque he visto el caos que
ha causado la nueva película de Disney, La
Sirenita, donde la actriz principal es una afrodescendiente. Muchos de mis contemporáneos
crecimos viendo la película animada, de ahí saltaron a la versión escrita por
Hans Christian Andersen. La atesoraron y se volvió una de esas historias icónicas
de fantasía. Ojo con la palabra: fantasía, un mundo de ficción.
El que ciertas personas quieran imponer a los niños
a que no crean en esas historias por diversas razones que ni ellos mismos
entienden. Los humanos somos complicados, demasiado. En cambio, los personajes
son unidimensionales.
En mi caso, conozco más a Nico Yazawa de la serie
Love Live que a mí mismo. Esto es porque no importa en qué etapa de mi vida me
encuentre, sé que Nico no va a cambiar. Su frase característica, el Nico, Nico,
Nii, la vuelve un ser superior por estar en un plano imaginario. Su personalidad,
sin importar el tiempo que pase nunca va a cambiar. Y eso está bien porque es
un personaje de ficción.
Actualmente, gracias al internet, considero que
deberíamos de ser más inteligentes, más observadores de lo que ocurre, pero por
el contrario, somos más ignorantes. Ocultos tras una pantalla es que podemos
insultar o desearle la muerte a una persona simplemente porque no nos gustó la
manera en cómo actúa o si nos miró feo. Nos da el libertinaje de confundir
situaciones que le pasan a terceros y hacerlos como si fueran para uno.
Esa libertad mal utilizada para hacer lo que nos
plazca sin saber o entender que hay consecuencias para nuestras acciones. Los medios
se aprovechan de esto para engañar a las mentes débiles que se creen
inteligentes. Como ahora en pandemia, muchos salieron a decir que el virus no
existe y es invención de los gobiernos o que fueron los papás.
¿Qué situación ocurrió en cada uno de nosotros para
dejar de soñar? Yo sé que de sueños no viven las personas (y pongo personas
porque si pongo solo hombre, como medio para expresar mi idea u unión de
hombres y mujeres, alguno de mis lectores se va a sentir ofendido por no poner el
famoso “y mujeres”); de la misma manera, no utilizo el supuesto lenguaje
inclusivo porque hace perder el peso de mi escrito.
Dejar que los niños sueñen los convertirá en adultos
que sepan lidiar con los problemas naturales de la vida. Los hace observadores
y capaces de adaptarse a las situaciones más adversas. En cambio, si se les
cortan las alas al estarlos bombardeando de inclusiones forzadas, los niños
crecerán con un rechazo hacia dicha inclusión. No cuestionarán y crecerán frustrados
porque no se supieron adaptar a la vida, a los cambios que pasamos todos
nosotros.
Le tendrán miedo a la soledad, a conocerse a sí
mismos y de lo que en realidad son capaces de hacer porque no tuvieron una
guía, ya sea de los padres, de los abuelos, de las personas que los rodean. Por
eso, últimamente he visto a niños berrinchudos y exigentes cuando voy al
mercado. Porque al perder esa luz que los orienta y los dejan a su suerte, no
saben de las consecuencias de sus actos o si lo llegan a saber, no les
interesa. Se forma un desapego hacia todo y no valoran nada. Por eso vemos a
muchos chicos y adolescentes (y uno que otro joven adulto), tomarse millones de
selfies para subirlos ya sea a Instagran o Facebook, y así generar el falso
amor que no pudieron obtener de sus padres.
¿Quiénes son sus ídolos?: un pseudo cantante llamado
el conejo malo, los youtuberos que, supuestamente, tienen vidas de lujo e
incitan a que sigan sus pasos de irse únicamente por la vanidad. Enseñan a
nuestros hijos a nuestros jóvenes a no esforzarse a renunciar cuando a la
primera de cambio no le sale algo o “se tardaron toda la tarde haciendo un
dibujo”. Esos youtuberos que pueden hacer de las suyas, cometer crímenes y
creerse impunes solo porque tienen miles o millones de seguidores. Te enseñan a
que el pasado no importa, “total, son monumentos, edificios y se limpian”.
Pero ese edificio, ese monumento tiene una historia
que contar para que tú estés ahí. Ahora entiendo la frase de que si destruyes
la cultura de una sociedad, esta muere, porque no hay manera de ver hacia el
pasado para ver el futuro. No queremos ver atrás porque entonces sabrán que eso
es lo que les viene. Por eso destruyen y pintarrajean edificios y se justifican
con que esos edificios no importan. Justamente por la imposición de ideas es que
no se detienen a reflexionar: ¿así es como quiero vivir un momento que puede
ser histórico?, ¿así es como hay que imponer ideas ante una sociedad que, por
culpa de dejar de soñar, me dejo manipular por lo que dicen los medios?
Ya no hay sueños, solamente metas por cumplir,
objetivos con pasos detallados.
Quitarle los sueños a una generación es lo que ha
provocado que ahora se les llame “generación de cristal”. Donde su máxima representante
se llame Greta y sea pagada por las corporaciones para infundir un mensaje
forzado donde la única retorica que tiene es el miedo. Esta generacio que cree
que un personaje ficticio, como es el caso de la personaje Uzaki-chan, se
sexualiza a menores, cuando, desde el inicio se menciona que tiene 19 años. Se quejan
de que su cuerpo “no es humano, no es natural”, que “es pequeña y de grandes
senos”. Si solo observaran un momento a sus alrededores, se darían cuenta de la
gran diversidad de cuerpos que hay, porque sí existen mujeres como la personaje
de la que acabo de hablar.
Finalmente, retomando a la Sirenita y que gracias a que se dejó de soñar, a que se dejó de diferenciar la realidad de la ficción, es que hay quejas tan intrascendentes, como la que acabo de mencionar en mis ejemplos anteriores.
Es muy válido tener opiniones diferentes, porque uno
termina aprendiendo a que el pensamiento del otro importa. Uno aprende de sí
mismo al tener un debate, donde lo importante es justamente eso: ganar
conocimiento. Solo que también se ha tergiversado y la palabra debate se volvió
una palabra tabú donde el que tenga más argumentos gana; aunque ya el único argumento
para dichos debates es quien aguanta más gritando e insultándose.
Decirle a los niños qué está bien y qué está mal,
pero a manera de imposición es algo que sí termina afectando a la larga. En cambio
si se les guía a las nuevas generaciones para que aprendan, en un inicio, las
consecuencias de sus actos, los hará hombres y mujeres más libres, a pesar de
la imposición de la sociedad. Esta generación de cristal, dejó de lado lo más
importante, lo mismo que ha logrado la humanidad para aún mantenerse aquí: se
olvidó de soñar. Porque ya lo dijo un filósofo (creo que lo es y que “casualmente”
no recuerdo su nombre): los sueños de un hombre, ¡jamás tendrán
fin!
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